martes, 16 de agosto de 2016

Hate | Capítulo 5

CAPÍTULO 5

Carlton pudo coger un barco hacia Treasure’s Island del que desembarcó a las 6 de la mañana, justo a punto de amanecer. Al ver que el paisaje había cambiado tanto, se quedó asombrado. Había muchos rascacielos y muchas casas nuevas que no había visto nunca, por lo que su paso era lento.


Así amaneció mientras que Carlton miraba hacia arriba y caminaba lentamente. ¿Cómo había podido cambiar todo tanto?


Al pasar por una calle, reconoció el lugar. Allí antiguamente estaba la fábrica y el edificio abandonado donde comenzó todo y ahora era un rascacielos con un macro garaje.


Pensar en que todo había empezado ahí y ahora apenas quedaba nada de su antigua ciudad… Ya no la sentía tan suya como antes.


Más o menos sabía orientarse por las calles de su ciudad así que puso rumbo a su antigua casa. Sabía que se repetía mucho, pero qué de años sin verla… Echaba de menos ese sitio.


Ya más cerca, pudo comprobar que su hermano estaba en el jacuzzi, tranquilo y relajado fuera de los focos y objetivos de los paparazzis. Llevaba ya varios días encerrado en casa, haciendo que el tiempo pasara y que la prensa se olvidara de aquellas terribles declaraciones.


Ron, ajeno a la mirada de su hermano, sonreía plácidamente al notar las burbujitas en… la nuca. Se sentía relajado y estaba tranquilo respecto al tema de su hermano, porque el secreto estaba bien escondido y guardado. Por mucho que dijeran, nadie descubriría la verdad.


Carlton dio la vuelta y desde la ventana exterior observó a su madre en el salón viendo la tele. ¡Tenía el pelo blanco! La edad había hecho mella en ella y su madre se había convertido en una anciana.


Ely veía la teletienda para distraerse. Su nieto estaba enfermo y se encontraba en su cama y tenía que cuidarlo. Al fin y al cabo, era su único nieto…


Cuidadosamente, Carlton se acercó al buzón y cotilleó el correo. No había nada de interés, así que lo cerró sin hacer ruido.


Al escuchar la voz de su hermano cerca, pegó su espalda a la pared.
-          Mamá, ¿otra vez con la teletienda? Mira que después compras cosas sin sentido.
-          Ron, déjame tranquila. Es mi dinero, ¿no? No seas tacaño.
-          ¡Ay! Haz lo que quieras… Yo voy a cambiarme que tenemos cita con el abogado.


Ely asintió y le hizo un par de preguntas a su hijo antes de salir del salón.
-          ¿Has visto si hay algún periodista fuera?
-          No he escuchado alboroto, parece que están dándonos una tregua…
-          Mira a ver, vaya a ser que haya algún curioso por la zona.


Ron se acercó a la ventana y no vio a nadie.
-          Efectivamente, no hay nadie. Ahhh, qué paz más grande. Soledad, tranquilidad…
-          Ron, no te entretengas que vas a llegar tarde a la cita con el abogado.


Carlton casi ni respiraba. Sabía que la cortina lo separaba de su hermano y que le daban ganas de entrar por la ventana y reventarlo a puñetazos, pero no quería vengarse de esa forma. Su plan era más retorcido.


Ron subió al piso superior y se encontró a su mujer, Rebecca, escribiendo unos informes.
-          ¿Qué haces querida?
-          Escribiendo unos informes que me han pedido en la compañía. Un coñazo. ¿Tú qué vas a hacer?
-          Vestirme, que tenemos que ir a ver a nuestro abogado.
-          Sí, cierto, casi se me olvida. Guardo el Word y bajo a sacar el coche mientras te arreglas, ¿vale?
-          Perfecto, nos vemos abajo cariño.


Rebecca era la esposa de Ron y llevaban casados 15 años. Tenía 38 años, dos menos que su marido y era la dueña de una empresa que comenzó ella. Con la ayuda y el dinero de su marido consiguieron que creciera y ahora fuera una empresa de grandes dimensiones.


Carlton se conocía la casa de pe a pa y se acordaba de los truquitos que hacía de adolescente para entrar en su casa sin que sus padres se enteraran, así que fue hacia la puerta del garaje, empujó el cierre hacia abajo y subió la puerta sin problema.


Entró y encendió la luz justo cuando escuchó voces que provenían del piso superior.
-          Mamá, ¿te vas a quedar en casa o te vienes con nosotros al abogado?
-          Voy con vosotros, así me entero de lo que pasa.
-          Vale, en cuanto me vista nos vamos. Nico,-dijo Ron hablándole a su hijo-, quédate en casa, ¿vale? Para cualquier duda, llámanos.
-          ¡Vale!
-          Yo voy a sacar el coche del garaje mientras tanto,-comentó Rebecca-.


Carlton no podía quedarse allí, tenía que escapar, así que salió del garaje con todo el cuidado del mundo mientras escuchaba que alguien bajaba las escaleras.


Al entrar Rebecca, se encontró las luces encendidas.
-          ¡Ron! ¿Tú dejaste las luces del garaje encendidas?
-          ¡No! ¿Por qué?
-          ¡Porque estaban puestas!


Un par de minutos después, bajó Ron corriendo.
-          Se me habrá olvidado a mí cerrarlas. Dame un beso y nos vamos.


Abrieron la puerta del garaje y allí estaba Ely fuera.
-          Venga tortolitos, que no llegamos.
-          Ya voy mamá.


Carlton escuchó arrancar el coche, cerrarse la puerta e irse de la casa. Ahora sólo debía tener cuidado con el hijo de su hermano. ¡Su sobrino! Qué extraño se le hacía pensar esa palabra.
-          Llegó la hora…


Después de acicalarse, se dio una ducha y salió desnudo dispuesto a ponerse ropa de su hermano. Para ello, necesitaba subir a su dormitorio sin que su sobrino se enterase.


Pero la escalera de la casa estaba vieja y la madera crujía. Al escucharla, Nico se levantó de la cama.
-          ¿Mamá? ¿Eres tú?
-          No, soy tu padre. Me voy a cambiar que me he manchado el traje.
-          Ah vale, como no he escuchado el coche, creía que había entrado alguien en casa.
-          No, tu madre se ha quedado en la esquina esperándome con tu abuela. Yo he venido andando, me cambio y me voy.


Unos minutos más tarde, Carlton salió de la habitación de su hermano y se encontró de cara a su sobrino. Eso no se lo esperaba.
-          Papá… ¿Qué te has hecho en el pelo?
-          Lavármelo. ¿Por qué?
-          No sé, te noto raro. Tienes como más canas…
-          Porque no me he teñido.
-          No sabía que te tiñieras papá.
-          Claro Nico, uno ya no es un jovencito. Tengo ya 40 años, ¿recuerdas?


Nico se lo creyó y así evitó que sospechara nada raro.
-          Bueno papá, con lo que sea me llamáis, ¿vale? A ver qué os dice el abogado sobre lo del tío Carlton. Esperemos que todo salga bien.
-          Sí… Descuida…
-          Papá, ¿te encuentras bien?
-          Sí, sólo que… No me gusta remover el tema. Eso es todo.


Carlton salió de allí con paso decidido. La gente lo paraba y le saludaba y le daba ánimos, pero él tenía un objetivo: el ayuntamiento.

Cuando llegó allí, pidió una rueda de prensa en los exteriores del edificio y una vez todos congregados, comenzó a hablar.
-          Sé que estos días he estado desaparecido y os pido disculpas porque no he sido el líder que siempre he querido ser. Las pasadas declaraciones del señor Trump han hecho mucho daño a mi familia, pero no puedo esconderme más. Tiene razón por una parte, no debo mentir a mis ciudadanos como alcalde ni a toda esa gente que confía en mí. Así que os voy a decir la verdad: mi hermano no murió.


En ese momento los flashes comenzaron a dispararse sin parar casi cegando a Carlton, que se estaba haciendo pasar por su hermano.
-          Mi hermano no murió porque lo metieron en la cárcel por un delito que no cometió. Íbamos juntos y nos encontramos a una chica muerta y al llamar a la policía me entró el pánico y me fui de allí. A él lo acusaron injustamente, pero no hice nada por él y me arrepiento. Ahora soy un hombre nuevo, mucho más implicado con mi familia y con todos vosotros. No os voy a pedir que me perdonéis, porque no tengo derecho. Pero he creído que siendo sincero con vosotros, lo soy conmigo mismo. He cometido errores, pero los intento subsanar. Nada más señores, gracias por escucharme…


CONTINUARÁ…