viernes, 15 de marzo de 2013

Capítulo 1: Con el pie izquierdo

Bueno gente, el día esperado ha llegado y, por fin, puedo subir el primer capítulo de una de mis historias preferidas que he hecho. Tiene un año y medio, así que os pido disculpas de antemano por si las imágenes no son tan buenas como las de ahora. Espero que os guste mucho, que comentéis si lo deseáis y que disfrutéis tanto o más que yo a la hora de subir esta historia. ¡Hasta pronto!

CAPÍTULO 1: CON EL PIE IZQUIERDO



Buenos días, me llamo Tom García, soy sudamericano, concretamente de la ciudad de Mexico, tengo 84 años y vivo en un tranquilo pueblecito de América Este. Ahora mismo, este soy yo, viendo la televisión mientras espero a mis nietos, que vienen a pasar las vacaciones de verano con mi esposa y yo.



Esta es mi esposa, Melinda. Como podéis ver, es negrita. Nos conocimos con 30 años y nos casamos con 32 años, por lo que llevamos casados 52 maravillosos años, que se dicen pronto. Ama la lectura y es una estupenda cocinera.



Aunque estamos en verano, a veces me gusta encender la chimenea para darle un toque hogareño al salón. También es que soy un viejo y de vez en cuando me entra frío, pero eso es cuestión de la edad, que no perdona.



Cuando enciendo el fuego, acerco las manos y los pies porque son las primeras partes que se me quedan heladas y no lo aguanto.



Finalmente, sobre las 12 del medio día, llegan mis nietos acompañados de mi hijo, nuestro único hijo, que se llama Roberto. La niña, Paula, es la mayor con 10 años y la que más traviesa es. Tom, mi nieto pequeño, tiene 8 años y es un curioso, aparte de que es el que más se parece a mi, aunque espero que no tanto, porque sino... la lleva clara.



Tom: Hola Paula, ¿qué tal?
Paula: Bien, hemos ido hoy a recoger las notas.
T: ¿Y bien?
P: Yo he aprobado todo, pero a Tommy le ha quedado una... 
T: Vaya. 




T: Tommy, ¿cómo estas?
Tommy: Bien... he suspendido una.
T: ¿Cual?
Tj: Historia.
T: ¿Tenéis historia con la edad que tenéis?
Tj: Sí. Nuestro colegio es muy estricto.
T: ¿Entonces por qué tu hermana ha aprobado y tú no?
Tj: Verás... acércate. Copia en los exámenes.
T: :o Eso no puede ser. Tendré que hablar con ella.
Tj: No, por favor. Si se lo dices, sabrá que te lo he dicho yo.
T: Vale, te prometo no decir nada.
Tj: Gracias abuelo.




T: Hola hijo. ¿Qué tal todo?
Roberto: Ahí vamos, tirando como se puede.
T: ¿No van bien las cosas en casa?
R: Uf, fatal. Tengo que hablar contigo.
T: Cuéntame entonces.




Mientras tanto, la abuela Melinda, se acercó hacia donde estaban sus nietos para saludarlos.
Melinda: Hola niños. Me alegro de veros de nuevo.
P: Igualmente abuela




M: Paula, ¿te acuerdas del verano pasado las cosas que hicimos? Mira, aquí tengo las fotos.
P: Abuela, otra vez no, siempre me enseñas las mismas fotos cada vez que vengo...




M: ¡Ay, qué guapa eres! Tienes unos mofletes para pegarte pellizcos...
P: Abuela, ¡no! Me haces daño...




M: Tommy querido, ¿qué tal tú? 
Tj: Pues bien, deseando estar aquí para descansar un poco.
M: Pues disfruta de las vacaciones aquí en casa de los abuelos.
Tj: Eso está hecho.




R: Pues verás papá, la convivencia es insoportable, tenemos peleas todos los días y yo no quiero hacerla sufrir ni a ella ni tampoco a los niños que están hartos de oírnos gritar por cualquier cosa. No podemos aguantarlo más.
T: Entonces, ¿os habéis separado?
R: De momento sí, ella se ha ido de vacaciones con unas amigas suyas a España creo, Ibiza o algo así, no soy bueno en Geografía. Total, que nos hemos dado un tiempo hasta final de verano. Antes de que acabe me tiene que dar una respuesta.
T: Hijo, ¿tú la quieres?
R: Sí, papá, pero ella no comprende que yo llego muy cansado del trabajo y que en estos momentos mi trabajo pende de un hilo, me lo ha dicho mi jefe y entonces no puedo estar todo el tiempo que me gustaría estar en casa y como ella no trabaja, no me entiende y cuando llego quiere que vayamos a un lugar y a otro y estar todo el dia fuera de casa y yo, simplemente, no puedo. Mi cuerpo me lo impide.
T: Bueno hijo, tranquilízate. Verás cómo recapacita y volvéis otra vez.




Tj: Abuelo, perdona que te interrumpa, pero, ¿puedes contarnos una de tus historias? 
T: ¿De mis historias?
Tj: Sí, de esas que nos gustan tanto. Venga, porfi...
T: Vaaaale, sentaros en círculo que voy a por la linterna.
Tj: ¡Bieeeeen!




P: Abuelo, cuéntanos cómo llegaste a la ciudad, por favor.
T: Vale, espera un momento que la linterna no enciende... ¿Cómo se enciende este cacharro?
R: Papá, pulsa el botón rojo.
T: Vale, ya está.




T: Ehmmm, Melinda, ¿no te sientas?
M: No puedo, la espalda me está matando hoy. Prefiero estar de pie.
T: Como quieras. Yo empiezo ya...




Era un mes de noviembre del año 1938 cuando llegué a este pueblo. Era lo que se decía un joven buscavidas. Llegué aquí en busca de trabajo, pero antes, tenía que conocer el pueblo.



Llegué al paseo marítimo. Todo era precioso. Las palmeras daban sombra en la zona de las hamacas y corría un aire... bastante frío, aunque la temperatura era alta para la época en la que estábamos.



Paseé durante un par de horas por ese largo paseo, mirando las calles y los locales. Todo era precioso.


Sin embargo, cuando llegué a la altura de un pequeño bar, vi a un chico salir de allí, parecía nervioso. Me preguntaba qué era lo que le pasaba.



De repente, echó a correr y se marchó rápidamente de ahí, pero antes de marcharse, intercambiamos miradas, y la forma en la que me miró... no me gustó absolutamente nada.



Era rubio, el pelo casi blanco de lo rubio que era. Tenía los ojos azules claros. Claramente no parecía una persona del lugar.



Yo lo miré de reojo y vi cómo desaparecía al final de la calle. La intriga me mataba y estaba deseando saber por qué corría tan apresuradamente de aquel lugar.



Finalmente, entré en el bar. Craso error por mi parte. La escena que me encontré fue horrenda. Todo estaba fuera de su lugar, muy desordenado y había botellas rotas y cristales por todos lados, sin embargo, detrás de la barra, había un hombre de unos 50 años, con una herida muy grande en el pecho. Me acerqué a él e intenté reanimarlo, pero era tarde. Ese hombre había muerto desangrado... La mala suerte fue que en ese mismo instante, entró la policía en el local y me vio allí con el hombre.



Tras arrestarme y meterme en el coche de policía, me llevaron a la cárcel, pero no era una cárcel normal. Las celdas eran completamente cerradas. Parecía una prisión para gente peligrosa. El teniente Olson era el que regentaba la cárcel y el que me puso el traje naranja. Estaba condenado a muerte por el asesinato de un hombre; un asesinato que yo no había cometido, pero, ¿quién me iba a creer?



El teniente, una vez estaba yo con el peto puesto, me comentó las reglas y los horarios de la cárcel. Hablaba de una forma tajante y casi no me dejaba hablar.



Era la hora del "recreo" y me acompañó hasta el patio, allí me presentó a mis nuevos compañeros de prisión. 



El primero era Cliff Rodrígues, condenado a cadena perpetua por posesión de droga, tráfico de mujeres y tráfico de armas ilegales.



El segundo era Al Wood, condenado a muerte tras haber matado y violado a 5 niñas de entre 10 y 15 años de edad. Todo un demente.



El tercero, era Djo Kirk, un negro de 2 metros 5 centímetros de altura y con unos brazos que parecían piernas de lo grande que eran. De este no me comentaron nada de por qué estaba aquí, pero... nada bueno, seguramente.



Tras presentarme a mis compañeros, el policía entró un momento dentro del edificio y nos dejó solos unos minutos.



Yo, con lo cobarde que era, sólo verle las caras y las pintas que llevaban, no me transmitían confianza. Sólo esperaba que el teniente entrara en cualquier momento por la puerta, no quería estar ni un momento sólo con esos personajes.



Nada más entrar el teniente en su despacho, Cliff se levantó del banco, se me acercó y me dijo: 
Cliff: Oye tú, ten cuidadito con lo que haces. Aquí en la cárcel tenemos unas reglas y aquí las reglas se respetan, ¿has entendido?
T: P-por sup- supuesto.
C: Anda, ¿eres tartamudo o es que tienes tanto miedo que tienes mierda en los patantoles?
T: ...




C: Ojito con lo que haces chaval. Has entrado por asesinato, así que ten muy bien cubiertas esas espaldas, si se le puede llamar así a eso que te aguanta la cabeza. Eres un canijo de mierda.



Estaba metido en un lío y no sabía cómo salir. Ese maldito había matado al hombre del bar y yo estaba pagando por él. ¿Dónde estaría ese hijo de satanás?



CONTINUARÁ...